*Narra Eric*
Hugo acababa de mandarme un mensaje, ella
había despertado. Cogí la cazadora y le dije a mi madre que iba a verlos al
hospital. Tardé menos de media hora en llegar, y me encaminé a su habitación.
La puerta estaba entre abierta, la abrí y al
entrar comprobé que ambos estaban sumidos en un profundo sueño. Dormidos hasta
se parecían más aún y mi incertidumbre se hacía más grande.
Siempre había sentido algo por Aixa, era más
que una cara y cuerpo bonitos. Tenía esa personalidad que te hacía sobrevivir a
lo imposible y disfrutar de la vida. Pero nunca me había atrevido a decírselo a
nadie. Pero, ya unos meses atrás mi mente había empezado a sentirse confusa, y
había empezado a ver en Hugo todo lo que me atraía de ella. No sabía si era que
estaba empezando a gustarme de una forma amorosa o era simplemente cariño de
mejores amigos.
Nunca me había sentido atraído por un hombre.
Siempre había salido con chicas, y no como Aixa, sino chicas fáciles para
tratar de apartarla de mi mente porque ella era la hermana de mi mejor amigo, y
no podía ser.
Pero últimamente solo podía pensar en ellos,
sin poder aclarar cuál de los dos era por el que realmente me sentía como
flotando en el aire.
Mi primer instinto fue ir hasta la camilla a
ver a Aixa, que era el motivo por el que nos encontrábamos aquí. Estaba, sinceramente,
hecha una pena. Me quedé mirándola fijamente hasta que sentí una voz a mi
espalda.
-
Eric, ¿Qué haces aquí a estas horas?
*Narra Hugo*
Me desperté y al abrir los ojos comprobé que
ya no estaba solo con mi hermana en la habitación. Eric estaba allí de pie a su
lado, sin hacer ningún movimiento perceptible a mi vista. Miré el reloj y eran
las cinco menos veinte de la mañana. Le había mandado el mensaje a las cuatro
pero nunca pensé que fuera a venir. Yo debí quedarme dormido poco después de
que Aixa volviera a dormirse cuando los médicos la estabilizaron y se fueron.
-
Eric, ¿Qué haces aquí a estas horas?
-
Creo que necesitas un descanso, ve a casa y pasa
la noche, yo me quedó con ella.
-
No, no puedo, tengo que quedarme.
-
No tío, llevas aquí tres días, ve a casa, no le
va a pasar nada, está rodeada de médicos. Y si
se ha despertado es que muy mal no puede estar, ¿no crees?
-
Supongo que tienes razón…
Me levanté y me dirigí hacia la puerta. Antes
de salir, me giré y lo miré directamente:
-
Todo esto es culpa mía, por dejarla sola, si
vuelve a pasarle algo no podré perdonármelo en la vida.
-
La cuidaré, descansa.
Me fui para casa, pero antes de meterme en
cama, me di cuenta de un detalle en el que no me había fijado. Los médicos
había dicho que la pierna de Aixa ya estaba cosida cando llegamos al hospital…
¿Quién habría podido hacerlo?
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