sábado, 27 de julio de 2013

Capítulo 4

Miro a mi alrededor asustada, me incorporó y voy hasta la puerta a duras penas, la cierro y giro la llave. No recuerdo haber vuelto ayer a casa. En realidad lo único que pasa por mi mente son esos ojos lobunos y el contacto humano de aquellos brazos. Pero no entiendo si hay relación entre ambas cosas. Me estoy volviendo loca.
Busco mis cosas, allí estaban mi bolso, me acerco y miro si me falta algo. Están mi cámara, mi cuaderno, el lápiz, pero… ¿Dónde está mi móvil? Voy a la silla donde está mi ropa de ayer perfectamente doblada, busco en los bolsillos, pero allí tampoco está.
Me pongo unos leggins, una sudadera y unas converse y bajo a buscarlo. Me dejo el pelo suelto para esconder las marcas que tengo en la cara lo máximo posible. Mi hermano está sentado en el sofá como siempre mirando la tele e indudablemente junto a él está su mejor amigo Eric.
-          Hola chicos… Hugo, ¿donde está mamá?
-          Dijo… que se iba todo el día con la abuela.
Di por terminada la conversación con él. Muchas cosas habían cambiado este año entre nosotros… empecé a buscar mi móvil por la cocina, salí al porche y tampoco estaba, fui hasta la camita de mi gata y nada. Solo quedaba el salón. Volví a entrar allí y busqué por las estanterías, los cajones… y nada. Me falta ver en los cajones bajo la tele y en el sofá. Aprovecho que está distraídos hablando de… ¿fútbol? ¡Qué raro en ellos! Me agacho a ver en los cajones y empiezo a rebuscar.
-          Chaval, ¿desde cuándo está tan buena?
-          Eric, tíooo…es mi hermana, búscate a otra sirenita… ¿Aixa que buscas?
-          Nada…mi móvil – me giré – por cierto, ¿lo viste? ¿sabes cómo llegué a casa?
Me senté a su lado en el sofá, Eric no dejaba de mirarme, me estaba empezando a sentir incómoda.
-          No fea, me fui pronto para cama, estaba cansado del gimnasio.
-          Cierto, me olvidaba de que pretendes ser uno de esos chicos que son más músculos que cerebro.
-          Miau, la gatita araña…- odiaba a Eric con esos comentarios suyos, es uno de los chicos más misóginos que conozco. Nos conocemos los tres desde siempre, pero pronto me dejaron de lado.
-          Me voy al porche, pasarlo bien.
Salí fuera y me senté en el borde del porche, estiré la pierna mala y de repente eché a llorar. No sabía cómo había llegado a casa, ni quien me había cosido y vendado. Tampoco sabía si el lobo tenía buenas intenciones, o si eran malas y esa persona cuya identidad desconozco me había salvado la vida. Necesitaba respuestas. Pero antes quería llorar un poco para mitigar la frustración.

Oí unos pasos por detrás de mí. Y sentí unos brazos que me abrazaban fuerte. Levanté la cabeza y ahí estaba el ser que casi nunca fallaba cuando yo rompía a llorar, el odioso de mi hermano.

No hay comentarios:

Publicar un comentario