El lobo tenía el
pelaje negro, estaba de espaldas a mí, como a unos treinta metros más o menos.
No me lo pensé dos veces, aparté el cuaderno de dibujo y empecé a seguirlo.
Seguía con los cascos puestos como si eso pudiera escudarme. El lobo era ágil,
se movía entre la maleza como el espíritu libre que era, era tan rápido que
creía que iba a perderle. Tenía una extraña sensación de que tenía que
continuar su camino.
No sabía cuánto
tiempo llevaba detrás del. De repente echó a correr y yo, lo imité. Los dos
emprendimos la carrera, saltaba los más mínimos obstáculos que para mí se
hacían duros. El lobo se adentró en un camino que estaba dispuesto a bordes de
un pequeño precipicio. A pesar de todo continué. Hasta que pasó, mi torpeza
jugó su papel, no vi la raíz. Mi pie se torció e hizo que me derrumbara y que
mi cabeza diera en una piedra que antes no había visto. Antes de perder el
conocimiento, sentí como mi cuerpo caía por el terraplén.
Cuando abrí los
ojos estaba tumbada en la parte más baja del terraplén. Me dolía todo el cuerpo
y sentía lo magullado que estaba. Me incorporé un poco y me sorprendí al
observar al lobo a dos escasos metros. Me asusté e intenté levantarme, pero era
completamente imposible, mi pierna no respondía. Miré hacia abajo y vi una
mancha de sangre en el pantalón por encima de la rodilla que se iba haciendo
más y más grande. Como si se viera atraído por la sangre, el lobo comenzó a
acercarse. Estaba en las últimas, cuando vi sus ojos humanamente azules lo tuve
claro, iba a morir. Llevaba semanas deseándolo pero nunca pensé que fuera a ser
a manos de mi animal favorito. Dejaba atrás muchos problemas, pero también las
pocas alegrías que permanecían en mi amarga vida.
Escasos
centímetros separaban la avanzada boca del lobo de mi pierna, cerré los ojos y
me esperé lo peor…
Habían pasado
segundos y la muerte no llegaba. Abrí lentamente los ojos y observé que al
contrario de lo que me decían mis pensamientos, el lobo quería ayudarme. Había
desgarrado el pantalón y estaba lamiéndome el corte como intentando curar a su
cría y yo no me había percatado de nada. No me lo creía, pero no pude pensar
más en eso, el mareo vino a mí. Volví a tumbarme, sentir el dolor desgarrarme
la pierna de arriba abajo. No pude alzarme, por lo que pensé que el lobo habría
cambiado de idea.
Después, todo se
volvió negro. Lo último que recuerdo es unos brazos levantándome del suelo.

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